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BLOG: Toño Esquinca
¿Trofeos sin humildad?

Dice una sabia frase: cada que subas un escalón de éxito, sube dos de humildad. El significado de la palabra humildad es muy interesante y significativo. Viene de la raíz humus, que significa tierra; es decir, que etimológicamente nos habla de tener los pies en la tierra, o ser como la tierra, que es humilde ante el cielo. Cuando se dice que alguien perdió el piso, se está haciendo referencia a la humildad, o sea que dejar de tener los pies en firme es también dejar de ver la realidad tal y como es, comenzando por un principio básico: nacemos sin nada y nos vamos de este mundo sin nada, más que con nuestras experiencias.

Disfrutar de los logros es un derecho; ser felices por igual, es tanto un derecho como una obligación; sentirse orgulloso de lo que uno es, celebrar las metas cumplidas, recibir aplausos cuando se ha hecho algo magistralmente, o ser admirado, es una parte muy placentera y divertida de la vida, pero de nada vale sin humildad. Tener muchas condecoraciones y los pies despegados de la tierra, sólo podrá garantizar una cosa: que tarde o temprano el peso de esas medallas nos estrellará de frente contra el piso. La humildad es una de las versiones más sutiles del amor, pues lo que se ama se admira, y admirar es admitir que existe algo fuera de nosotros que nos inspira por su supremacía, pero sobre todo, es tener siempre un destino a dónde llegar. Cuando se pierde la humildad se pierde también el sentido de dirección y nuestro ego se coloca como la última meta encapsulándonos en una fantasía separada de los demás.

El gran riesgo de intercambiar la humildad por los aires de grandeza del ego es que se fabrica una bomba de tiempo o un globo aerostático que se infla hasta reventar… La humildad es el único antídoto para no caer en picada. Sentir superioridad para abusar del poder o de la posición que se alcance, es lanzar una red al cielo que tarde o temprano caerá de vuelta, y no porque exista un castigo divino o porque brillar de cualquier forma esté mal, absolutamente no, sino sencillamente porque a cada causa le corresponde un efecto. Si se sube en la vida, es para girar la vista aún más arriba del cielo y tener la oportunidad de contemplar lo pequeños que somos ante la grandeza del cosmos; pero tener un ego mal educado coloca todo al revés: nos puede inflar tanto la cabeza que el cosmos nos quedará chico.

Seguramente ese pensamiento mal formado está detrás de cualquier acción desbocada que perdió la rienda llamada humildad. Perder el piso hace que quien debe servir, se sirva, y entonces todo se desvirtúa. Tener bienes materiales, puestos, títulos, conocimientos, trofeos y condecoraciones se torna en una simple acumulación compulsiva cuando el manto prodigioso de la humildad no está presente. La humildad es como la llave mágica que seguirá abriendo para usted todas las puertas, pues mientras realice sus deseos con los pies bien puestos sobre la tierra, sus actos serán fértiles. Ostentar lo que sea y no tener humildad se ve y se escucha muy mal. No tener humildad anula cualquier norma de etiqueta y le quita la clase a cualquier rigor de buen gusto. La elegancia tiene como uno de sus ingredientes secretos, altas dosis de humildad.

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