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BLOG: Toño Esquinca
Para siempre

Las sacudidas que nos da la naturaleza además de recordarnos la fuerza y al mismo tiempo la vulnerabilidad de la vida, también nos regalan nuevas formas de retomar el camino, o incluso, maneras olvidadas y dejadas atrás por la supuesta vida a prisa del ser humano moderno. La solidaridad, espíritu de comunidad y colaboración que nos caracterizan como mexicanas y mexicanos y que emergen en momentos de grandes retos como lo que acabamos de vivir, son grandes baluartes que tenemos como sociedad, es decir, que no surgen espontáneamente sino que ya están dentro de todos: en nuestra cultura y formas de vivir; no es algo que tengamos que crear o inventar, ¡sino intencionar! Y eso es una gran noticia, porque podemos convocar todos estos valores, actitudes cívicas, y trabajo social para sacar adelante cualquier desafío, pero sobre todo, para edificar una realidad cotidiana mucho más benigna para todas y todos que perdure para siempre.

Crecer como sociedad es justamente darnos cuenta de las cosas positivas con las que contamos para hacerlas crecer y traducirlas en bienestar. No necesitamos esperar una emergencia o el caos para cambiar malas prácticas, para darnos cuenta de la importancia de actuar como unidad, para transformar las cosas que no nos hacen la vida más feliz, para comprometernos como adultos responsables a no esperar que alguien o algo haga las cosas por nosotros; a ocuparnos del vecindario, colonia, municipio, ciudad y de todo nuestro amado país como si fueran parte de la familia que más queremos, porque el resultado final es que todos construimos la experiencia colectiva que compartimos, ¿o podría usted señalar en dónde terminan unos y comienzan otros? No sólo tenemos la tarea de reconstruir lo material, sino primordialmente lo que no se ve ni se toca pero que justo en estos momentos a la mayoría nos ha quedado bastante claro. Si realmente queremos honrar y reconocer todo el valor que tenemos como pueblo, lo más grande que podemos hacer es convertirlo en la realidad del momento a momento, con cada una de nuestras acciones, intenciones y palabras.

Sería no sólo tremendamente triste sino un gran desperdicio dejar pasar estas oportunidades en donde, a pesar de que sea con motivo de una desgracia, lo mejor de cada uno y de la mayoría como grupo sale a relucir. Los movimientos tienen siempre un sentido y un para qué. Hasta dónde llegue el efecto positivo de cualquier evento que nos cimbra hasta lo más hondo depende siempre de la conciencia con la que queramos tomarlo y aprovecharlo. En lugar de resistirnos a todo lo que nos trae como un regalo escondido, aprendamos a fluir con este movimiento, así como lo hacen los árboles, y llevémoslo hasta donde pueda llegar en una inercia luminosa. Las duras y difíciles pérdidas irreparables comienzan a ser honradas cuando su sacrificio vale la pena para un bien mayor y se convierten en la tierra fértil para un nuevo y mejor comienzo. Tal vez necesitábamos esta sacudida como sociedad para recordarnos cómo es que México se construye de maravillosos seres humanos, de enormes raíces, y también de tareas muy importantes por hacer. A veces las pruebas más adustas se convierten en grandes regalos de crecimiento y evolución. Hagamos que valgan la pena.

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