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BLOG: Toño Esquinca
No lo sé, ni me importa

¿Sabe usted lo que significa la apatía? De acuerdo con sus raíces etimológicas quiere decir sin sentimiento, sin emoción, sin la capacidad de sentir algo. ¡Qué significativo! ¿No cree usted? Mucho oímos hablar por todos lados de la apatía social, pero es sumamente importante verla muy de cerca para estar conscientes de qué es de lo que en verdad se trata, de dónde viene, y poder así saber cómo contrarrestarla cuando ya se ha vuelto un mal generalizado. Imagine usted lo grave que es estar insertos en una sociedad apática, o lo que es igual: ¡una sociedad que no siente nada! Es como si usted tuviera el cuerpo anestesiado todo el tiempo y ya no se diera cuenta en qué momento se corta o se lastima.

La trascendencia de estar alertas sobre la apatía, es que es un tremendo padecimiento silencioso que termina por corroer por entero a una sociedad. En todo caso, es mejor hasta ser negligentes que apáticos, vernos en una mesa defendiendo nuestras pasiones y lo que queremos y creemos, que dormidos e idiotizados en el celular, contestando “no sé, ni me importa”. Al menos la negligencia describe acción, sentimiento, decisión, tal vez llevados por un mal camino, pero al fin y al cabo experiencias de seres sintientes. La apatía social es por supuesto el cúmulo de muchas apatías personales, y comienza desde muy temprano en la vida siendo indiferentes ante el acto mismo de la concepción: “¿y en qué momento decidiste ser madre o padre? No lo sé, ni me importa”; dejando a los niños crecer a su suerte con niñeras cibernéticas; dándoles el ejemplo del que no defiende una causa, del que no toma una postura, del que no se sacrifica por un valor, del que opina lo mismo que todos, del que tiene atole en las venas, del que no se condolece ante el sufrimiento ajeno y que -ante él- afirma con la mano en la cintura: “no sé quién sea esa persona, ni me importa”. No confunda la apatía con indiferencia, pues la indiferencia al menos elige una perspectiva; la gravedad de la apatía es que nos coloca en el abismo de la tierra de nadie. Vivir sin sentir es en la última de sus fases lo peor que nos puede ocurrir a los seres humanos.

Comienza por no querer saber quiénes son y qué hacen aquellos con los que compartimos la vida, y continúa hacia cosas como que nos valga gorro si el prado de la cuadra está limpio o sucio, o peor: a que si lo ensuciamos ni nos importa; y así se va extendiendo a los demás escenarios hasta grados donde se juega la vida misma. Ser personas apáticas es sinónimo de vivir en un estado gris, en toda la extensión de la palabra. Es la apatía la madre de todo lo que nos corrompe como sociedad, pues es ella la que nos pone detrás del mostrador, como un ladrillo más de una gran pared que al no sentir, puede convertirse en un tumor de inconsciencia que termina por aniquilarnos. La apatía es un estado que ni siquiera es paralizante, ¡ni si quiera eso! El miedo paraliza pero al sentirlo hace que algo se detenga, mas la apatía nos vuelve maleables, perfectamente moldeables y domesticables, porque la apatía es la insensibilidad en su más pura expresión; por lo tanto, la apatía es enormemente peligrosa, es el comienzo de la conversión del Ser al zombi, y cuando el zombi nace, muere el arte, muere la inteligencia, muere la expresión creativa, mueren los deseos, mueren los sueños, mueren los propósitos, y con todo eso, muere la vida aún estando vivos.

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