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BLOG: Toño Esquinca
Límites sin límites

Saber poner límites en la vida es muy importante, como importante es saber por qué y para qué los ponemos. De hecho esta realidad material para poderse vivir tiene límites, porque si estos no existieran ¿cómo es que la naturaleza podría crear el maravilloso efecto de que usted y yo nos diferenciáramos, y así de todo lo que percibimos como lo otro o lo separado? Los límites, o el efecto de los límites hacen posible vivir el juego de la vida. Escuchamos mucho sobre poner límites sanos, pero para poder hacerlo de manera que sirva es necesario ver esto de una manera más profunda, o sea, como nos enseña la naturaleza, para que estos límites sean también naturales a lo que somos, sin ser una auto-imposición o una limitación, que es completamente diferente. Si la naturaleza nos indica que un cuerpo limita, es porque al mismo tiempo está marcando el margen de lo posible para hacer lo imposible; es como una forma de retarnos a ir más allá y extender los límites humanos cada vez más.

Sin límites no habría marcas, metas o barreras que superar, y en principio la vida sería muy aburrida. Los límites sanos de los que hablan casi todas las psicoterapias por lo general nos protegen de situaciones, personas o relaciones tóxicas, y son adecuados para no tener aún más cargas de las de la propia vida, ya que si no somos capaces de poner un límite a aquello que nos afecta para mal, corremos el riesgo de depositar tiempo, energía, esfuerzo y recursos en hoyos negros en los que no crecerá nada. Los límites, en una paradoja, nos hacen grandes, pues deben definir quiénes somos y qué queremos, y no tenerlos nos desdibuja, nos hace como sombras que se pegan al resto sin ton ni son, y al revés de lo que parece, no tener límites nos llena de limitaciones, es decir, de esas cosas que creemos que no podemos hacer o alcanzar, pero de las que en realidad sí somos capaces, o bien, hacer cosas que en realidad ni queremos ni son parte de nuestra esencia.

Es correcto por ejemplo alejarse de compañías que nos son muy negativas en cualquier sentido, pero lo interesante de los límites también es que si estas cosas están ahí no es sólo para que las mantengamos alejadas, sino para que mientras estén lejos aprendamos a aproximarnos de una manera distinta, en donde su influencia ya no sea nociva, y muy al contrario, nuestra presencia les ayude sin necesidad de robarnos energía. Es muy importante ser conscientes de la función total de los límites y ver que estos están para irse extendiendo, es decir, para que cada vez seamos capaces de más y más amor. Ser personas con límites es sano, pero ser personas sin limitaciones y con límites cada vez más extendidos es mucho más enriquecedor. Los límites reales vienen del amor a uno mismo, y los límites que se inventan provienen del ego y normalmente son barreras que nos siguen separando. Existe una línea muy delgada entre tener límites porque sabemos lo que somos y conocemos nuestras capacidades, y ser ególatras que se siguen defendiendo sin saber cómo acercarse a lo que creen fuera de sí mismos. Los límites reales, es decir, los que provienen del ser, son además sanos instrumentos que nos engrandecen y fortalecen, pero siempre con miras a abrazar más de aquello que no comprendemos o que nos enfrenta a lo que más trabajo nos cuesta aceptar y amar.

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